A lo largo de la vida nos van inculcando unos valores, y por nosotros mismos vamos añadiendo otros, que conforman uno de los apartados de lo que se llama el Plan de Vida.
Todo se rige, o se debiera regir, por unos principios que han de ser Leyes Personales, y debiéramos empeñar toda nuestra ética y decencia en respetarlas, y hacer que las respeten, porque de que así sea depende en gran parte el valor de nuestra dignidad personal.
La coherencia se consigue sabiendo escucharse uno mismo –esto es primordial-, captando los mensajes que nos envía nuestra conciencia –es una guía fiable-, respetando los deseos de nuestro ser interior –alma o espíritu-, y promoviendo la honradez, la honestidad, y el honor como señas de identidad.
Los demás van a ser una prueba continua para nuestra coherencia, porque, a veces, para llevarnos bien con los otros, y para cumplir lo que esperan y poder recibir su aprobación, puede ser que renunciemos a ella.
En la relación con la familia nos puede pasar lo mismo: no queremos decepcionar ni perder el afecto, queremos agradarles cumpliendo sus expectativas, están las emociones por medio… y nos importa mucho el daño que les podamos causar.

Pero no hay que olvidar que si somos honestos con nosotros mismos, lo estamos siendo con todos los demás.
Si renunciamos a ser coherentes por agradar a los demás, de algún modo les estamos engañando porque les ofrecemos una imagen irreal de quienes somos.
Tenemos que controlar bien el trato con este tipo de relaciones, ya que si no somos conocedores de que lo estamos haciendo por voluntad propia, vamos a sentirnos mal sin darnos cuenta, y nos vamos a quedar afectados, como si hubiera aparecido un borrón en nuestro historial.
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