
“La ansiedad puede ser experimentada como un dolor en el pecho, el enamoramiento puede desencadenar cálidas sensaciones placenteras por todo el cuerpo”. Palabras más, palabras menos, centímetros más arriba o abajo, casi todos podríamos aprobar esta afirmación. Claro que en este caso deriva de una investigación científica, realizada por investigadores de la Universidad de Aalto, Finlandia, quienes desarrollaron un completo mapa de las emociones humanas, puntuando con colores el modo y la intensidad en que dichas emociones se manifiestan en el cuerpo. Los resultados de la investigación demostraron que las emociones más habituales tienen un efecto muy fuerte y claramente reconocible en el cuerpo de las personas que las viven, y que va más allá de las diferencias culturales: estos patrones de sensaciones se repitieron casi idénticos en habitantes de Europa Occidental y de Asia. Esto implica que más allá de los componentes culturales y de contexto, las sensaciones corporales ligadas a la experiencia emocional tienen una base biológica. Es decir que estas emociones no solo tendrían un “correlato” en el cuerpo, sino que bien pueden ser generadas por el propio cuerpo; hacer el mismo camino en sentido inverso (primero la sensación de felicidad, luego la felicidad, por ejemplo).

Varias fuentes.
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